El recuerdo que quedará en quienes hoy somos cuarentones en Chile
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El recuerdo que quedará en quienes hoy somos cuarentones en Chile

Para quienes hoy bordeamos o cruzamos los 40 en Chile, MTV no fue solo televisión. Fue un clima, una educación sentimental sin manual, una forma de asomarse al mundo cuando el mundo todavía parecía lejano. Antes de las redes, antes del streaming, antes de que todo estuviera disponible a toda hora, MTV era una ventana encendida que conectaba nuestras piezas, livings y tardes de colegio con algo más grande, más ruidoso y más libre.

Crecimos esperando. Esperando el video que nos gustaba, esperando el ranking, esperando el estreno, esperando que justo apareciera esa canción que nos tenía obsesionados. Esa espera —hoy casi impensable— nos enseñó valor. La música no era desechable ni infinita: era acontecimiento. Y cuando aparecía, se grababa en la memoria junto a la imagen, la ropa del artista, el gesto, la estética completa. Canción y videoclip eran una sola cosa.

En Latinoamérica, y especialmente acá, MTV Latino nos dio algo todavía más potente: pertenencia. No mirábamos una señal ajena; mirábamos un canal que hablaba nuestro idioma, mezclaba acentos, cruzaba países y nos hacía sentir parte de una misma generación. Descubrimos bandas latinoamericanas, discutimos premios, copiamos modas que no siempre entendíamos del todo, pero que igual intentábamos llevar al patio del colegio o a la primera fiesta.

MTV estuvo en nuestras transiciones: de la niñez a la adolescencia, de la adolescencia a la adultez temprana. Sonaba mientras hacíamos tareas, mientras nos preparábamos para salir, mientras conversábamos por teléfono fijo con el cable largo estirado hasta la pieza. Fue fondo musical de primeras decepciones, de enamoramientos torpes, de rabias sin nombre. Nos dio lenguaje cuando todavía no sabíamos decir bien lo que sentíamos.

También nos dejó algo más profundo: una forma de mirar. MTV educó el ojo. Nos enseñó que la imagen comunica, que el estilo importa, que la música puede ser actitud, ironía, provocación o refugio. Por eso, aunque hoy consumamos canciones en plataformas digitales, muchos seguimos escuchando con imágenes en la cabeza. No oímos solo un tema: recordamos un videoclip.

Cuando hoy se habla del fin del canal como lo conocimos, no duele solo por nostalgia. Duele porque se va un espacio común. MTV fue uno de los últimos lugares donde una generación completa podía decir: “¿Viste eso ayer?” y saber que el otro sí, que lo había visto a la misma hora, en el mismo orden, con la misma sorpresa.

Ese recuerdo queda incrustado en lo que somos hoy como adultos. Somos una generación puente: alcanzamos a vivir la cultura con ritual, con espera y con conversación compartida, y luego tuvimos que adaptarnos a la inmediatez total. Tal vez por eso valoramos tanto la memoria, los archivos, los discos, las canciones que todavía nos devuelven una versión más joven de nosotros mismos.

MTV se apaga como señal, pero no desaparece. Vive en nuestra forma de escuchar, en la nostalgia que no es triste sino cálida, en la certeza de que hubo un tiempo en que la música nos reunió frente a una pantalla y nos hizo sentir parte de algo. Para quienes hoy somos cuarentones en Chile, ese fue uno de nuestros primeros hogares culturales. Y esos, aunque se apaguen las luces, nunca se olvidan.

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