
Historias de sacrificio, esfuerzo y dignidad: testimonios de quienes pasaron de ser inquilinos y “obligados” del fundo a convertirse en dueños de un pedazo de tierra que aún hoy alimenta la memoria familiar en la Región de O’Higgins.
Antes del cambio: la vida dura en los fundos
En la provincia de Colchagua, en pleno corazón de la VI Región, miles de familias vivieron uno de los cambios más profundos de la historia rural chilena. Hasta mediados del siglo XX, la vida en el campo estaba marcada por la dependencia.
Los campesinos eran conocidos como “obligados”: trabajaban de sol a sol por salarios bajos o por vales que solo podían canjear en la pulpería del fundo. El pan era contado y la jornada estaba marcada por la disciplina estricta.
“Acá los papás eran los ‘obligados’ del fundo. Tenían que trabajar todos los días por un salario que ni siquiera les pagaban; les daban un vale para la pulpería. En la mañana les daban una ‘galleta’, medio kilo de pan para toda la familia.”
“Había que levantarse con noche. A las 6 de la mañana tocaban una diana y daban un saco con galletas de harina . Después de unas horas, media hora de desayuno en el potrero.”
“No pagaban bien. Yo entré ganando 5 pesos. Empecé a trabajar a los 12 años en las viñas.”
La pobreza y la falta de propiedad dejaban a las familias sin seguridad ni futuro.
El despertar campesino en nuestra región.

En esta región, la Reforma Agraria tuvo un inicio emblemático en Pichidegua, cuando la Iglesia Católica entregó tierras en el sector Pataguas Cerro. Fue un momento de efervescencia social.
En lugares como el fundo Santa Amelia, en Mancumán, los trabajadores formaron sindicatos, levantaron pliegos de peticiones, hicieron huelgas y hasta marcharon a la capital para exigir cambios.
“Elaboramos un pliego de peticiones, hicimos una huelga y con muchos otros campesinos marchamos a la capital. Allá me decían: ‘este es el hombre que pega fuerte’, porque eso significa Mancumán.”
La movilización campesina mostraba que el campo había despertado y pedía dignidad.
Los asentamientos: esperanza y dificultades
Tras la expropiación de predios, los campesinos se organizaron en asentamientos colectivos. Allí aprendieron a trabajar en comunidad y recibieron apoyo de INDAP para semillas, créditos y asistencia técnica.
Muchos recuerdan que sembraron maíz y papas, logrando al comienzo un respiro frente a la pobreza.
“Comenzamos prácticamente sin nada. Sembramos maíz, papas. Nos organizamos, tuvimos el apoyo de INDAP y estuvimos bien. Posteriormente terminamos la sociedad y continuamos en forma individual.”
Pero también hubo dificultades: la administración colectiva era un desafío para campesinos que toda la vida habían sido mandados.
“En los fundos expropiados los campesinos se organizaban en asentamientos. Funcionaban más o menos. Hubo falta de conocimiento para gobernar un fundo. El trabajador era mandado, no sabía cómo llevar la agricultura.”
Los asentamientos fueron escuela de organización, pero también expusieron las limitaciones y la necesidad de avanzar hacia la propiedad individual.
De asentados a dueños: la llegada del título
Con el paso de los años, la vida comunitaria dio paso a la propiedad individual. Fue un proceso largo de trámites, planos y papeles, pero cada título de dominio entregado representó mucho más que un documento legal: fue el símbolo de la libertad campesina.
“A partir de esa ley, muchos campesinos como mi abuelo fueron dueños de la tierra que siempre trabajaron. Ya nadie podía echarlos de la casa.”
Tener el título permitió heredar en paz, pedir créditos, mejorar la producción y, sobre todo, sentir la dignidad de ser dueño.
La provincia de Colchagua contaba con unas 883.000 hectáreas.
- Hasta 1969: se habían expropiado unas 60.600 ha (6,9 %).
- Hasta 1973: la cifra llegó a 446.800 ha, es decir, más de la mitad del territorio provincial.
- En zonas de riego (85.000 ha en total), se expropiaron unas 72.600 ha, equivalentes al 85 %.
En comunas como Pichidegua (fundo Santa Amelia, sector Mancumán) hubo asignaciones típicas de entre 11 y 14 hectáreas para cada familia, suficientes para sostener una explotación agrícola familiar.
¿Qué cultivaban los parceleros?

La vida en las parcelas giraba en torno a cultivos tradicionales:
- Cereales: trigo y maíz, base del pan y la harina.
- Leguminosas y chacras: porotos, papas, cebollas, ajos y hortalizas de temporada.
- Viñas y frutales: uvas para vino y fruta fresca, con fuerte tradición en Colchagua.
- Agroindustria: remolacha azucarera, entregada a plantas procesadoras.
Los canales de venta iban desde ferias libres y mercados mayoristas hasta molinos, acopiadores, viñas y cooperativas. Con su producción, los parceleros sostuvieron el abastecimiento local y aportaron a la economía regional.
Sombras y críticas
No todos prosperaron de igual manera. Hubo quienes quedaron atrapados en deudas, o que no supieron administrar la parcela.
“Fue la destrucción del campo. Los caprinos quedaron abandonados. Endeudados por los créditos de la CORA. Muchas parcelas terminaron cambiándose por televisores, citrolas y cosas por el estilo.”
Estas memorias recuerdan que la Reforma Agraria fue un proceso complejo, con éxitos y fracasos, luces y sombras.
Un legado que hoy cumple medio siglo
Quienes recibieron esas tierras tenían entre 25 y 40 años en los años setenta. Hoy, en 2025, son ancianos de 70 a 90 años. Muchos ya traspasaron sus parcelas a hijos o nietos, pero guardan con orgullo la memoria de haber pasado de inquilinos a dueños.
“El día que llegó el título, no fue un papel: fue la certeza de que la tierra por fin tenía nuestro apellido.”
Su relato nos recuerda que la Reforma Agraria no solo cambió el mapa de la tierra, también cambió la dignidad de miles de familias campesinas.
Es una historia de sacrificio y resiliencia, donde los peones se transformaron en dueños, y donde el recuerdo sigue vivo en los nietos que hoy escuchan a sus abuelos decir con orgullo
“Esta tierra es mía, y con ella levanté a mi familia.”
