Por MARINO MUÑOZ LAGOS

Por allá por los primeros años de la década de! 50 aparecieron por la ciudad de San Fernando dos poetas jóvenes. Se trataba de Mario Dazán y Fernando Colina, autores de primeros libros augurantes de un porvenir diamantino que el tiempo se encargó de disipar. Ambos, atrapados por la magia del teatro, no demoraron mucho en abandonar la poesía por el encanto de las bambalinas. Empero, dejaron una pequeña herencia de figuras e imágenes en tomos de versos que todavía se guardan con aprecio en contadas bibliotecas, Mario Dazán y Femando Colina surgieron apadrinados por el grupo literario «Los Afines» y los dos son hijos de esas tierras nobles de la agricultura y el buen vino. Nacieron a la poesía chilena con el aliento vital de la provincia que no soporta el aplastamiento capitalino, ese poder central que todo lo absorbe y modifica. En sus primeros pasos por la literatura fueron los heroicos románticos de San Fernando, ciudad huasa por los cuatro costados, con el viento fragante de sus campos arreando por las calles coloridas de mantas y percalas.
Porque hay que andar por estas calles es que, decimos las cosas como son. La ciudad de San Fernando jamás ha perdido su apostura agraria que le arrecia en las venas hinchadas por la clorofila. De nada hay que asustarse en San Fernando: junto al automóvil último modelo es pintoresco observar la carreta cargada con leña o el huaso que trata de dominar la marcha de su cabalgadura. Estampas que por ser nuestras le otorgan a la ciudad un aire que le diferencia de muchas de su misma estirpe y situación.
El grupo literario «Los Afines» prologa los libros iniciales de estos dos poetas que se alejaron del mundo del verso, por la pluma del crítico literario Pedro Lastra Salazar se nos dice; «Mario Dazán puede exhibir ya una página muy limpia en cuanto toca a sus realizaciones artísticas. Desde e! grupo «Los Afines», de San Femando —que naciera gracias a su esfuerzo e interés— la provincia y el país le han conocido poeta, artista plástico, periodista y hombre de teatro, mas, por sobre toda otra aproximación, le seguirán sintiendo poeta en auténtica apostura».
Una suave evocación del orioles Miguel Hernández corre por los versos de Mario Dazán, versos que saben del alfarero armado de paciencias. La plasticidad de las figuras hace de esta poesía un cautivante huerto para los ojos. En dos volúmenes de poesía —»Entre el olvido y el sueño» y «Herida de Canto»—, Mario Dazán supo encauzar sus inquietudes de espaciosa juventud, que aventaron los soplos de mediocridad que suelen estorbar la presencia del talento.