September 6, 2018

El nombre procede del último aguardiente extraído del orujo, un alcohol bastardo o “guacho”, que también significa “borracho”.
Los guachucheros, traficantes que normalmente trabajaban solos, aprovechaban las zonas secas de las mineras, para llegar hasta allí transportando alcohol dentro de un cuero de cabro. Para hacerlo, primero cortaban el cuello al animal y luego lo iban enrollando al revés, como una camiseta, hasta extraerlo. Así, el cuero quedaba completo. Antes que se secara, cerraban los extremos amarrando las patas con un correón, y también instalaban en el cuello un tubo a modo de “cogote de chuico”, para verter el alcohol. Asimismo, usaban cámaras de neumáticos. Las lavaban para que no quedaran pasás a goma y se las ponían en la espalda como mochila, o sobre la mula, única compañera de viaje. Iban siempre armados, puesto que eran prófugos de la vigilancia policial y de los serenos de las compañías. También debían defenderse de otros guachucheros, ya que se disputaban entre ellos quitándose el guachucho. Se dice que no mataban por profesión, pero que la ocasión o la necesidad solía tornarlos asesinos. Fueron caracterizados como pendencieros, hábiles, cínicos, testarudos y valientes. El oficio los hacía hoscos y cuidadosos, cualquier error les podía costar la vida. Circulaban por ignorados senderos del valle central, por abruptos flancos de cordillera y sólo después de varios días de camino llegaban a la cima de los cerros que sellaban los minerales casi inaccesibles. La nieve era su peor enemiga, la noche su aliada, aunque muchas veces les jugó una mala pasada, puesto que a menudo, sobre todo en verano, cuando se derretía la nieve, se encontraban en el fondo de las quebradas restos anónimos de osamentas humanas junto a un guachucho enmohecido.